De los mosaicos
Entre la doctrina mosaico y la Alianza Mosaica: transducción y multipolaridad en la Guerra de Irán.
Este artículo inicia una serie de colaboraciones con Kevin Batcho —amigo arquitecto, analista y ensayista. La edición en inglés de este artículo está en On Mosaic. Por favor, suscribite.
Nota: Este texto es un primer experimento de descripción de los encuentros entre sistemas históricos, materiales y metafísicos —encuentros que muchas veces toman la forma de la guerra, pero no siempre. Explora el cruce entre la teología chiita, el actual conflicto geopolítico y la filosofía de la ontogénesis de Gilbert Simondon, ofreciendo un mapa conceptual especulativo de los procesos que enfrenta el surgimiento de un mundo “multipolar”. El sudoeste asiático es paradigmático porque es un punto de pasaje intenso entre mundos y épocas; pero también lo son la edad del bronce o el encuentro entre los viejos continentes y América.
Las guerras se libran con algo más que soldados y armas. El inconsciente cultural de una sociedad – su sentido del tiempo, su concepto de la auctoritas (en la tradición romano-occidental) o velayat en persa – moldea la forma en que lucha. El ciclo OODA –Observar, Orientar, Decidir, Actuar– del coronel de la Fuerza Aérea estadounidense John Boyd sitúa la orientación cultural en el centro de la toma de decisiones.
Boyd derivó OODA del combate uno contra uno entre pilotos de caza: el piloto que completa el ciclo más rápido obtiene una ventaja decisiva al meterse dentro del ciclo del oponente. La etapa de Orientación implica dirigir la atención tanto hacia sí mismo (sus condiciones, ventajas, desventajas, sesgos) como hacia el enemigo: él debe conocer sus propias tendencias y sesgos, sin autoengaño; y dominar las del adversario sin despreciarlas.
Las corrientes más profundas de la orientación cultural de Irán se encuentran en el chiismo duodecimano. Esta tradición se centra en una estructura escatológica específica – una doctrina del fin de los tiempos y la redención – conocida como la Ocultación del Duodécimo Imam. Dentro de ella, la ausencia adquiere eficacia, y la dispersión se convierte en una condición de la persistencia. Estos mismos elementos reaparecen en la doctrina militar en mosaico de Irán (padafand-e mozayi’i), donde el mando se distribuye entre unidades autosuficientes y la continuidad operativa sobrevive sin un centro visible.
La guerra en curso en Irán ha activado esta estructura en mosaico. El asesinato del líder supremo, ayatolá Alí Khamenei, en un ataque aéreo israelí obligó al sistema militar iraní a elegir entre el colapso sin un centro fijo de liderazgo o la supervivencia mediante la dispersión. El resultado fue la redistribución de la autoridad entre los distintos mandos provinciales; y la multiplicidad de fuentes de la represalia. El conflicto se estabilizó durante esta primera fase en un patrón fragmentado y persistente. La estructura teológica de la Ocultación encontró su expresión militar.
Mientras que el ciclo OODA de Boyd asumía un solo enemigo cuyo ciclo de decisión podía interrumpirse, la doctrina del mosaico iraní sigue la lógica de la Hidra - serpiente mítica que regenera varias cabezas por cada una que se le corta: la decapitación de los líderes multiplica los centros de decisión autónomos. Estados Unidos e Israel deben gestionar ahora un mosaico de potenciales ciclos OODA a la vez. El modelo original de Boyd no previó esta posibilidad.
La guerra de Irán se desarrolla entonces como un encuentro y un enfrentamiento entre horizontes temporales y metafísicos. Para Irán, la doctrina mosaica privilegia la supervivencia; es existencial; el tiempo favorece la paciencia. La estructura duodecimana organiza el tiempo en torno a la ocultación y al retorno de la autoridad (el Mahdi), modelando la expectativa en torno a una presencia oculta que actúa sin mostrarse.
Por el contrario, para Israel y Estados Unidos, tanto el judaísmo del Tercer Templo como el dispensacionalismo cristiano de corte sionista, encuadran los acontecimientos como una carrera hacia la Salvación. La victoria impondría su ley sobre los enemigos, y tiene que ocurrir sin dilación. Bajo las orientaciones israelíes y estadounidenses subyace el Pacto Mosaico — pacto que Yahvé hizo con Israel por medio de Moisés en el Monte Sinaí, entregando la ley trascendente y exigiendo obediencia a sus mandamientos.
De estos tres estratos escatológicos emerge una cuestión de organización profunda: cómo una autoridad bajo amenaza perdura dispersándose en su entorno. El inconsciente cultural de estas sociedades está sutilmente tensionado por el horizonte escatológico del fin de los tiempos, modulando la orientación antes que la observación.
La dos Ocultaciones
El chiismo duodecimano sitúa la autoridad espiritual y política en un linaje de doce imanes que son descendientes directos del profeta Mahoma. Según la tradición chiita, el undécimo imán, Hasan al-Askari, fue asesinado por el califato abasí en el año 874 en Samarra. Dejó un hijo pequeño, Abu al-Qasim Muhammad, quien se convirtió en el duodécimo imán, el Mahdi. El Bien Guiado está destinado a retornar como redentor escatológico y establecer la justicia universal. Los abasíes persiguieron al niño. Un imán vivo, incluso en su infancia, representaba otro centro de legitimidad; un desafío directo al poder abasí. No podía permanecer a la vista. Ante la amenaza constante, el niño desapareció de la vida pública poco después de la muerte de su padre.

Este ocultamiento tuvo dos fases. La Ocultación Menor (874-941) conservó una presencia mediada. El Imán Oculto se comunicaba a través de “cuatro representantes”, que transmitían sus órdenes y mantenían una continuidad institucional. La comunidad tenía puntos de contacto con el imán oculto —sus representantes— aunque indirectos, ya que el propio imán permanecía invisible. La autoridad era conservada a través de mediadores exclusivos.
La Ocultación Mayor (941 hasta el presente) marcó una profunda transformación. La línea de los representantes llegó a su fin, y el Imán cesó toda comunicación directa. Para ese entonces, aquel niño ya tendría setenta años. La tradición duodecimana, sin embargo, no mide el tiempo de manera ordinaria. El Mahdi vive —oculto a la percepción humana— mientras los fieles esperan su retorno al final de los tiempos.
Durante este largo ocultamiento, la autoridad entra en un estado distribuido, circulando entre la interpretación jurídica y las prácticas rituales, arraigada en la espera colectiva. La presencia del Imán se diseminó, sin fijarse en ningún lugar.

Su retorno estará precedido por signos: la injusticia generalizada y la aparición de falsos profetas. Aparecerán dos figuras: el Sufyani, un tirano del Levante (la actual Israel, Palestina, Líbano y Siria), y el Yamani, un líder justo de Yemen. Su aparición desencadenará un cambio cataclísmico. Entonces el Mahdi saldrá de su ocultamiento, y la justicia inundará la tierra.
Trascendencia e inmanencia
Toda tradición religiosa debe conciliar la tensión entre trascendencia e inmanencia —entre un poder que está más allá y por encima de todo, y una presencia interior que está distribuida. En el Islam, Alá es puramente trascendente —al igual que lo es Dios en el judaísmo y el cristianismo. ¿Cómo puede una autoridad tan distante moldear los asuntos mundanos?
La cristiandad responderá a través de la figura del Espíritu Santo, que habita tanto dentro de la comunidad como de cada uno de los creyentes. El judaísmo recurre a la Shejiná, la presencia que mora con el pueblo incluso en el exilio. En el chiismo duodecimano, el Imam oculto —el Mahdi— se mantiene como una figura singular y oculta, pero su autoridad circula de manera inmanente.
Una sociedad que concentra su autoridad en un único centro visible —un rey o un dictador— sigue una lógica trascendente. La que la dispersa en un campo —tribus o multitudes— sigue la lógica de la inmanencia. Las mismas estructuras teológicas reaparecen en el poder terrenal.
El chiismo ofrece una solución teológica singular —una fuente ausente que opera a través de una presencia distribuida— que contiene una lógica política situada específicamente en la existencia de una minoría bajo una mayoría suní hostil. El Ocultamiento deviene una segunda naturaleza; la paciencia significa supervivencia. El cumplimiento diferido se convirtió en la estructura de la esperanza. La ausencia de un soberano visible reorganizó la autoridad a través de un campo de relaciones sostenidas por la fe y la ley.
La Revolución Iraní de 1979 inclinó la balanza hacia la trascendencia —aunque con un giro inmanente. Durante la Ocultación Mayor, el Imam existía solo en el reino metafísico. Desde entonces, la autoridad temporal pasó a un colegio de eruditos religiosos —los ulemas— que interpretaban la ley divina en su ausencia. El ayatolá Khomeini rompió con esta tradición. Hizo algo arriesgado, posiblemente herético: las multitudes lo aclamaron como Imam de forma espontánea; él no aceptó formalmente el título en su sentido teológico, pero tampoco lo negó informalmente. Al mismo tiempo desarrolló la doctrina de velayat-e faqih (»tutela del jurisconsulto«), que define al Líder Supremo como el representante del Imán Oculto. Khomeini gobernó en la tierra como un imán (por la aclamación popular) y metafísicamente como representante del Imán Oculto (por tradición teológica).
Basándose en el modelo ejecutivo fuerte de la Quinta República Francesa, Khomeini armó a la sociedad iraní con un líder poderoso y visible. El Imán Oculto seguía siendo el soberano cósmico, responsable de la redención final. El imán visible —el Líder Supremo— gobernaba los asuntos mundanos de la política, la guerra y la ley. La autoridad terrenal se inclinó hacia la trascendencia. El campo inmanente pasó a ser el fondo, a la espera de un shock que lo reactivara.
El ataque sorpresa estadounidense-israelí sobre Irán desencadenó una reconfiguración de esta estructura. Después de la muerte del Imán Ali Khamenei, su hijo y sucesor, Mojtaba Khamenei —bajo amenaza de muerte constante— entró en un estado de ocultamiento, gobernando a través de representantes mientras permanecía físicamente inaccesible. El patrón de la Ocultación Menor reaparecía dentro de un contexto bélico moderno. La autoridad persiste a través de una ausencia mediada. Una vez más la fuente trascendente —el cargo del imán o Líder Supremo, ahora oculto— operaba de manera inmanente a través de representantes y nodos distribuidos. El patrón se transduce a través de escalas históricas, encontrando nuevo cuerpo para una vieja estructura.
¿Cómo un centro ausente u oculto continúa produciendo efectos coordinados? ¿Cómo una estructura mantiene su coherencia cuando su centro de mando y control no se encuentra presente? En términos teológicos, este es el problema de la trascendencia en búsqueda de la inmanencia. En términos políticos y militares, el problema de la coherencia de abajo hacia arriba sin un mando de arriba hacia abajo. Para responder estas preguntas es necesaria una explicación más general de cómo surgen y se transforman las estructuras.
La filosofía de la individuación de Simondon
Gilbert Simondon (1924–1989) trabajó en la grieta formada entre la filosofía y la ciencia. Formado en filosofía, encaró problemas teóricos con la sensibilidad de un ingeniero. Enseñó en la Sorbona y en París V, fundando su filosofía en procesos concretos —la cristalización, la morfogénesis biológica, la regulación mecánica— más que en categorías abstractas. Su proyecto se desplegó en dos ámbitos: la ontogénesis —un estudio de cómo el Ser deviene individuo como resolución de un campo cargado de potenciales— y una teoría de los objetos técnicos entendidos como estructuras en evolución con su propio modo de existencia.
Durante su vida, la obra de Simondon permaneció en la relativa oscuridad. Gilles Deleuze retoma conceptos simondonianos como lo preindividual, lo metaestable, la transducción, llevándolos a una escena posestructuralista —la espectacularidad y el carisma de Deleuze ensombrecieron la ya parca presencia de Simondon. Sin embargo, la consistencia e imaginación de Simondon se conservaron sin perder su potencialidad. Tras la muerte de Simondon en 1989, comenzó una lenta arqueología de su trabajo, que también coincidió con su figura surgente en las genealogías de la obra de Deleuze después de su muerte a mediados de los 90. La filosofía de Simondon se amplifica por fuera de los límites de la filosofía académica, resonando en los ámbitos del arte, la arquitectura y la tecnología.
Una pregunta guía a Simondon: ¿cómo surge un individuo? Se supone que la ontología —el estudio de lo real— podría hacerse cargo de la respuesta; pero en general se partió de un individuo ya constituido para entender la individuación, es decir, el proceso por el cual surge —como si el individuo fuera la realidad primera. Para Simondon, lo primero es el proceso. Un individuo es una solución provisional pero coherente de tensiones dentro de un campo de relaciones.
En el centro de su pensamiento se encuentra el siguiente giro: los individuos se originan en un campo de potenciales, cargado de tensiones —disparidades— que aún no se han resuelto. A esta fase primera del Ser la denomina lo preindividual. Su estado es el de un equilibrio metaestable, donde múltiples trayectorias son posibles. La individuación, una segunda fase del Ser, se desarrolla cuando esas tensiones encuentran una resolución parcial, dando lugar a entidades estructuradas, preservando al mismo tiempo tensiones o potenciales para futuras transformaciones.
Esta inversión es fundamental. Simondon distingue entre el ser-en-sí y el ser-como-individuo. El ser-en-sí es el campo preindividual mismo —el reservorio de tensiones y potenciales que nunca se resuelven completamente en un único individuo. El ser-como-individuo es la forma provisional que emerge de ese campo, sin agotarlo nunca.
Para una persona, el ser-en-sí es la herencia genética, las heridas de la infancia, la lengua materna, los fallos y aciertos que nunca terminan de asentarse. El ser-como-individuo es el nombre, el rostro, la persona pública. El campo nunca se agota en el individuo. La persona carga con tensiones no resueltas, potenciales latentes. Para un individuo biológico, el final de la individuación no es otro que la muerte —el equilibrio estable.
La información en Simondon
Un ejemplo de metaestabilidad es cuando una capa de nieve se acumula estrato sobre estrato, generando tensiones internas mientras aparenta estabilidad en su superficie. Un desencadenante —un esquiador que se desvía, una explosión— puede liberar esas tensiones en forma de una avalancha. Esta resolución temporal surge de la condición interna de la propia capa de nieve, no necesariamente de la magnitud del desencadenante. Simondon denomina información a esta operación de desencadenamiento: la puesta en forma de una estructura latente dentro de un campo metaestable.
La información, desde un punto de vista simondoniano, surge del encuentro entre un desencadenante —que Simondon llama germen— y un campo metaestable. El germen actúa como un evento catalítico que provoca que el campo resuelva parte de sus propias disparidades o tensiones latentes. La individuación avanza mediante resoluciones locales sucesivas, cada una de las cuales estabiliza partes del campo y conserva potenciales para futuras transformaciones.
Disolución de la estructura
El mismo proceso que, al propagarse, da forma a un individuo —un cristal, un vegetal, una máquina— da forma a una persona, y se continúa en los grupos humanos a través de estructuras compartidas. Simondon lo llama transducción: la amplificación gradual de una estructura a través de un dominio. El proceso de cristalización ejemplifica esta lógica. En una solución sobresaturada, el líquido contiene más de lo que puede soportar. Una mínima perturbación —una partícula de polvo— puede provocar la formación de un núcleo. Ese núcleo modifica entonces la concentración y la temperatura locales, permitiendo que cada nueva capa se forme bajo condiciones ligeramente diferentes. El cristal resultante es continuo pero históricamente estratificado: cada capa lleva el rastro de su propia formación. No hay dos capas idénticas y, sin embargo, el conjunto es altamente coherente.

La estructura también puede disolverse. Un cristal no perdura indefinidamente. Sumergido en un solvente, su organización se libera en la solución —redistribuyendo así tensiones y cargándola de potenciales. En este sentido, podríamos pensar en un movimiento complementario a la individuación. Llamémoslo ontólisis —del griego lysis (disolución) y onto‑ (ser). Esta palabra no aparece en Simondon; es una extensión de su vocabulario. Habría entonces un proceso mediante el cual una estructura estable reingresa —o sus elementos reingresan— en un campo metaestable, análogo al del que provino el cristal, pero nuevo. Lo cristalizado puede disolverse. Lo que se disuelve prepara el terreno para nuevas cristalizaciones.
Lo transindividual
¿Cómo circula lo preindividual en los grupos? La respuesta de Simondon es el dominio transindividual. Cada individuo conserva una carga preindividual irreducible, así como problemas de articulación entre percepción y acción que no puede resolver solo por completo. En el encuentro con otros se produce una puesta en relación, pero lo que resuena no son los individuos, sino las cargas preindividuales que cada uno lleva. Esa resonancia es la comunicación transindividual: un acoplamiento de disparidades, no una suma de identidades —un tercero irreductible a cada psique— que retroactúa sobre cada individuo, modificando a su vez su propia estructura psíquica. La psique individual y el grupo social son co-constituyentes.
La individuación de la persona requiere más que un simple pasaje por lo colectivo, más que la mera transindividuación. El individuo debe también retirarse de lo colectivo para confrontar solo el campo preindividual. Simondon llama a esto la prueba de soledad (épreuve de solitude): un vínculo dinámico entre lo transindividual y lo preindividual. Es el momento en que el individuo, habiendo participado de lo colectivo, se retira para confrontar solo su campo de potenciales no resueltos. Sin este pasaje, el individuo quedaría atrapado en lo colectivo —que deviene entonces conformidad social— o perdido en lo preindividual —una disolución de las estructuras sin retorno. La prueba de soledad es el movimiento oscilatorio entre ambos. Es una forma de ontólisis a escala de la psique: las relaciones que fueron estructuras se disuelven, el mundo social y familiar retrocede, y la autoridad circula a través de la ausencia.
El chiismo duodecimano a través de Simondon
Simondon nunca escribió sobre el islam; extender su marco teórico al chiismo duodecimano implica llevar sus conceptos a un territorio desconocido. La autoridad se redistribuye desde un individuo localizado (el imán oculto) hacia un campo transindividual —la comunidad de creyentes, la tradición jurídica, la práctica colectiva de la espera. Ese campo persiste a través de los siglos, manteniendo su coherencia mediante relaciones dispersas sin necesidad de una autoridad central. El imán oculto sigue siendo una figura singular, pero su autoridad circula ahora a través del campo. Se convierte en el trascendente metafísico —una fuente inalcanzable, presente solo a través de la ausencia.
La Gran Ocultación del Duodécimo Imán es una prueba de soledad a escala de comunidad. El imán se retira; la autoridad se disuelve en el campo de los creyentes, la tradición jurídica y la espera colectiva —una ontólisis a escala civilizacional. Aun así, el dominio transindividual sostiene la coherencia sin un punto de mando visible. El afecto compartido y el ritual mantienen el campo cargado. Esta misma lógica aparece en la estrategia de defensa en mosaico iraní: una red distribuida actúa como una unidad a través del campo. La coherencia emerge del mismo campo, no de un centro de comando.
La doctrina del velayat-e faqih de Khomeini aparece como una nueva individuación dentro de ese campo histórico. Después de siglos de circulación, la autoridad se cristaliza de nuevo —pero no solo por efecto de su voluntad. El título de imán le llegó como una investidura popular espontánea, un movimiento transindividual recibido con diligencia tanto por la sociedad como por el propio Jomeini. En su figura se reunieron los potenciales distribuidos en una nueva forma institucional, el líder supremo, que opera en el ámbito terrenal. Jomeini ancló la trascendencia en esa figura visible y poderosa del líder, modulando la aclamación popular en forma política. La cristalización se mantiene conectada con el medio transindividual, obteniendo la legitimidad del campo que él condensó. Ahora dos formas de la trascendencia coexisten: la ausencia metafísica del imán oculto y la presencia mundana del imán o líder supremo visible.
El problema de la autoridad oculta se vuelve así inteligible como una cuestión de dinámicas de campo. Las estructuras persisten a través de la ontogénesis (la emergencia de la estructura), la ontólisis (su disolución) y el juego continuo de la información y la transducción entre ambas. Presencia y ausencia entran en una relación metaestable.
Dos orientaciones metafísicas
Una orientación completa es la clave de la victoria en el bucle OODA: requiere un doble movimiento: conocerte a ti mismo y conocer a tu enemigo. En general, la observación estratégica atraviesa todo tu campo cultural; también debe ser templada por las tendencias profundas de tu adversario. La orientación de una sociedad tiende hacia uno de dos caminos: hacia la trascendencia o la inmanencia.
La trascendencia se sostiene en un centro de autoridad visible pero separado. Si este es decapitado, el sistema morirá. El pacto mosaico occidental opera bajo esta lógica. La doctrina del mosaico iraní funciona de otro modo. Dispersa la capacidad a través de un campo de unidades semiautónomas. La autoridad fluye a través del sistema. No perder es el camino hacia la victoria. La ausencia se vuelve operativa: la coherencia nunca se establece en ningún lugar, pero las respuestas siempre están en alguna parte.
Los estrategas de Irán asimilaron las experiencias de la guerra asimétrica del siglo XX, pero el verdadero aprendizaje sobre la dispersión fue observar el colapso de su enemigo.
La Caída de Saddam
El Irak de Sadam Husein alojaba la autoridad en un único centro visible —un caso puro de trascendencia política. Si se corta la cabeza de ese centro, el sistema se derrumba. Cuando la invasión estadounidense decapitó el régimen de Sadam en 2003, este perdió su principio organizador y se fragmentó. De los escombros del colapso baazista (el partido de Sadam) emergió una nueva orientación: formaciones insurgentes suníes que operaban mediante la dispersión. Células independientes lograban una coordinación adaptativa a través de un terreno cambiante. La coherencia tomaba forma desde dentro, no desde arriba. Incluso en los siguientes años de sostenida presión estadounidense, esta forma distribuida probó ser obstinadamente persistente. La inmanencia emergió en la práctica; los estrategas iraníes la convirtieron en teoría. El patrón subyacente —la autoridad distribuida— había estado latente en las propias instituciones civiles de Irán bajo el sistema de Khomeini, orientado a la trascendencia. El ejército, con sus tres capas superpuestas —ejército regular, Guardia Revolucionaria y los voluntarios de la organización Basij— ejemplifica la misma lógica. Lo que se lee como redundancia burocrática es en realidad un campo metaestable —la reserva inmanente, a la espera del impacto que la reactivaría.
La doctrina del mosaico de Irán en el campo de batalla
La doctrina del mosaico de Irán transforma el problema de Boyd. Su bucle OODA presuponía una contienda entre ciclos de decisión relativamente unificados. El mosaico iraní multiplica esos ciclos a lo largo del campo de batalla. Cada nodo ejecuta su propio bucle OODA a su propio ritmo. Las cabezas de la Hidra se multiplican: la decapitación en un punto hace brotar muchas otras. La orientación hacia un único adversario se topa ahora con un campo de respuestas distribuidas.
El presidente estadounidense —cuya persona política ejemplifica el régimen de la trascendencia— solo ve disfuncionalidad en el mosaico. Las mismas características que garantizan la resiliencia del mosaico —un líder aparentemente ausente, una autoridad dispersa entre nodos autónomos— las interpreta como fracaso. Confunde la ontólisis iraní con caos: un error nacido del autoengaño sobre las debilidades de su propio sistema y de la incapacidad y el desdén por comprender la orientación del adversario.
La guerra se encuentra estancada en un limbo de negociaciones vacilantes. La “incapacidad para llegar a acuerdos” estadounidense se transformó en un cliché. Más aún, las conversaciones con Estados Unidos e Israel no son a menudo más que una operación para rastrear y atacar: el anciano Khamenei y su consejo fueron asesinados mientras discutían los términos de negociación. La llamada de Trump a la unidad del liderazgo iraní podría ser igualmente una estratagema para hacer que se reúnan de nuevo bajo un mismo techo, provocando así otro ataque de decapitación. Pero Irán no depende de un frente de negociación unificado.
Sin un acuerdo a la vista, la guerra entró en una etapa de duelo de bloqueos: Irán estrangula el estrecho de Ormuz, bloqueando la economía global; Estados Unidos responde bloqueando el transporte marítimo iraní. Históricamente, el bando más cohesionado y dispuesto resiste por sobre el que cuenta solo con mayores recursos. Si alguna vez llegaran propuestas estadounidenses serias, Irán podría virar silenciosamente desde la inmanencia y la ausencia hacia la trascendencia y la presencia.
Mosaico multipolar
La guerra en mosaico es un microcosmos del emergente orden multipolar. Los mismos rasgos estructurales se repiten —centros de poder distribuidos, esferas de influencia superpuestas, una persistente ausencia de mando único— pero a escala global. Cada Estado o bloque actúa como una unidad parcialmente individualizada dentro de un campo transindividual más amplio. Sus interacciones producen un continuo ajuste y reconfiguración, una continua modulación. La coherencia global persiste sin necesidad de un hegemón, sostenida por el juego dinámico de sus componentes.

La doctrina mosaico iraní es un análogo estructural en pequeña escala. La lógica de la dispersión, la circulación y la metaestabilidad se repite a través de los diferentes niveles —desde las unidades tácticas de la Guardia Revolucionaria hasta alineamientos regionales como los BRICS, pasando por la emergente constelación multipolar. La estructura subyacente de la inmanencia puede percibirse en todos ellos.
La solución teológica de la Ocultación Mayor —un centro oculto que opera efectivamente a través de la circulación distribuida— se ha convertido en la realidad estratégica del siglo XXI. Combatir semejante sistema en el campo de batalla es enfrentarse a un campo sin centro al que decapitar. Confrontarlo a nivel global es enfrentar un mundo en que no hay una voluntad que esté más allá, y que pueda dictar condiciones universales.
El mosaico iraní ha sobrevivido a la decapitación, mientras las tablas de la ley mosaica parecen enfrentarse a una nueva rotura. Los fragmentos de la unipolaridad se están reconfigurando como un campo de presencia distribuida —un mosaico multipolar cuya cohesión surge de las tensiones intersticiales entre sus fragmentos.




